El Dios Creador


«Aun “la madre naturaleza”

tiene un Padre Creador: Dios.»

 A propósito de Irma, uno de los huracanes más grandes de la historia reciente, por su vastedad y fuerza, que alcanzó la categoría 5, con vientos de unos 295 km/h, creó un ambiente de incertidumbre, especialmente en los ciudadanos ubicados en la misma trayectoria que seguía su curso. Es un acontecimiento que no puede pasar desapercibido. En tal sentido, resulta oportuno dar una mirada introspectiva en las Sagradas Escrituras, para ver qué enseñan respecto a estos fenómenos atmosféricos, como suelen decir los predictores del clima, y cómo deberíamos actuar frente a los mismos.

Según el DRAE, la palabra huracán proviene de una voz taína, y su significado es el siguiente: «Viento muy impetuoso y temible que, a modo de torbellino, gira en grandes círculos, cuyo diámetro crece a medida que avanza apartándose de las zonas de calma tropicales, donde suele tener origen.»

Para la religión maya, una de las civilizaciones mesoamericanas precolombinas, el concepto huracán hace referencia a un «importante dios astral, el Triple Corazón del universo, representante del Carro Mayor. Se convierte en la deidad del rayo, el trueno y la fertilidad.» (OCÉANO UNO COLOR, DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO 2003:837)

Respecto a lo teológico –a pesar de que pudiera aparentar un tema meteorológico, meramente–, existen bastantes evidencias bíblicas que demuestran de manera explícita la omnipotencia de Dios, de manera particular, cuando dispone de su creación; es decir, la lluvia, el viento, los mares, las estrellas, los ríos, los truenos o relámpagos, con el propósito de bendecir o de juzgar a la humanidad; para dar a conocer su poder, simplemente; o para presentar una escena futura.

Efectivamente, y para tales propósitos, solo nos permitiremos citar algunos textos bíblicos:

«Asimismo por sus designios se revuelven las nubes en derredor, para hacer sobre la faz del mundo, en la tierra, lo que él les mande. Unas veces por azote, otras por causa de su tierra, otras por misericordia las hará venir.» (Job 37:12-13).

«Estad quietos, y conoced que yo soy Dios; seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra. Jehová de los ejércitos está con nosotros; nuestro refugio es el Dios de Jacob.» (Sal. 46:10-11). «Y los hombres se maravillaron, diciendo: ¿Qué hombre es éste [refiriéndose a Jesús], que aun los vientos y el mar le obedecen?» (Mt. 8:27). [El énfasis en cursivas es nuestro]

«Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.» (Sal. 19:1). «Hágase tu voluntad [Dios], como en el cielo, así también en la tierra». (Mt. 6:10) [Énfasis añadido]

Sutilmente, agnósticos y ateos, cada vez más, y, sobre todo, en un mundo donde resulta inevitable la transculturación, han ido excluyendo al Dios Creador del universo, y de la tierra misma y de todo en lo que en ella hay, por un concepto mefistofélico, superfluo y más a gusto con su ideología luciferina: “La madre naturaleza”. Con tal epígrafe, tergiversan la esencia y la existencia de lo creado, de la tierra creada por el Dios Creador, para goce y subsistencia de la humanidad. «En el principio creó Dios los cielos y a tierra» (Gn. 1:1).

En efecto, Dios el Creador tiene el dominio del cosmos. Las galaxias les pertenecen. Los seres que disfrutamos de lo creado, somos sus creaturas, hechos a su imagen y semejanza. Y los huracanes son apenas una línea melódica en la armonía universal.

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