Volver A La Lectura


«En la lectura deben cuidarse dos cosas:

escoger bien los libros y leerlos bien.»

James L. Balmes

La lectura nunca ha sido una labor fácil ni atractiva para la mayoría. Leer requiere de espacio y tiempo, destreza y comprensión, análisis y crítica, pasión y motivación. Cada día, se convierte en un arma vital y en una necesidad apremiante para el hombre en sociedad, especialmente para el estudiantado, sobre todo, en los países del tercer mundo, como el nuestro, donde aún los iletrados figuran en un renglón en las estadísticas mundiales. Por consiguiente, la lectura es una actividad que ejercita el cerebro y desarrolla el intelecto y no debe estar reservada a quienes enseñan lengua y literatura en la secundaria o en la universidad, exclusivamente; sino, más bien, a la colectividad, sin excepciones.

Tomando en cuenta el párrafo anterior, podemos partir de la socialización e integración de un nuevo concepto: repensar la lectura. Es decir, volver a pensar en la lectura; o, simplemente, tomar de nuevo “los libros”, ya sean digitales o impresos, para encontrar una salida saludable en nuestra sociedad transculturizada. Dicho de otro modo, repensar la lectura debe de ser una actividad intermediaria, que sirva de instrumento entre la trilogía autor-obra-sociedad, en la que el individuo [el lector] debe actuar de manera consciente, con el propósito de visualizar una estructura integradora a la comunidad que pertenece. En otras palabras, cada obra encierra un contexto, que puede ser político, religioso, económico, geográfico, biológico, histórico o estético; en él se desvela ulteriormente la intención comunicativa y, por efecto, el punto de vista de su creador. Es una oportunidad para descifrar, exclusiva del lector, ya que a lo mejor haya sido afectado o favorecido en algún aspecto.

Mientras pensaba en este tema tan relevante, recordé mis años mozos en la secundaria, en los que no gozábamos de la “dicha” del internet ni de los teléfonos inteligentes ni, mucho menos, de una computadora. Solo la veíamos en las películas de ficción como una profecía remota. Para ese entonces, conseguir una obra literaria o cualquier otro libro de manera física, obviamente, debíamos comprarlo en las escasas librerías de la ciudad, tomarlos prestados o compartir la lectura con otro compañero; no podíamos “descargarlas”. Don Quijote de la Mancha, Over, La Ilíada, Enriquillo, Hay un país en el mundo, La Peste, La Metamorfosis, El contrato social, El progreso del peregrino, Cuentos escritos en el exilio… para no extender la lista de títulos, fueron referencias significativas en nuestra formación y en la configuración de nuestra cosmovisión.

Ya a finales del siglo XX y principios del XXI, me convencí de que era un verdadero privilegio la lectura, si cabe decir. Debíamos leer las obras, letra por letra, palabra por palabra, hasta llegar al final. Leíamos porque nos asignaban los textos con un valor acumulativo en la calificación mensual, como era de esperarse; a pesar de ello, lo hacíamos porque se nos enseñó que la lectura transformaba las vidas de las personas en individuos de bien común, hasta cómo cortejar sutilmente a una chica a través de los textos poéticos, incluso. Erguíamos el cuello con actitud pretenciosa cuando desplegábamos la cantidad de obras que habíamos leído.

“Cuando tuvimos pantalones largos”, como diría Neruda, el quehacer político se nos introdujo sigilosamente. Escuchábamos a diversas figuras nacionales a través de la radio y la televisión, exponiendo sus programas de gobierno en caso de ser elegidos para la Presidencia, entre los que destacan: Joaquín Balaguer, Juan Bosch, Peña Gómez, Leonel Fernández, y decíamos: ¡Wao! ¡Qué discurso! ¡Cuánto han leído!

Otro caso que sirve de referencia para repensar la lectura es la Sagrada Escritura. Allí se encuentran numerosas citas que prueban reiteradamente el mandato y la urgencia en leerla y estudiarla con devoción, desde el Antiguo Testamento hasta el Nuevo Testamento. Por ejemplo: “Lámpara es un mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105); “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí…” (Juan 5:39); “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.” (2 Timoteo 3:16-17). (Cursivas nuestras)

Actualmente, la tecnología ha provisto de múltiples recursos, como Wattpad, Kindle eBooks, Google Play libros, Adobe Acrobat Reader, entre otros, para que los usuarios tengan más oportunidades, no solo de leer, sino también de editar y publicar. En ese sentido, resulta paradójico que una gran parte de los internautas apenas leen los mensajes colgados en los diferentes muros de las redes sociales, tales como Facebook, Twitter, Instagram, por mencionar algunas, atraídos más por las imágenes que por los textos. Otros, le dedican parte de su valioso tiempo a lectura y divulgación de textos virales, cargados de superstición, como los famosos “mensajes en cadenas”, simplemente para no recibir la maldición del contenido del mismo.

Ahora bien, aunque existen aplicaciones y otros recursos virtuales de forma gratuita en la internet, es evidente que algunos profesores de Lengua y Literatura española han mostrado preocupación porque los estudiantes no están leyendo y no muestran tanto interés en las obras asignadas. Parece que los best sellers en lengua inglesa han conquistado su gusto. De todos modos, urge una generación sedienta de conocimiento, pero sin dejar a un lado la lectura.

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Hasta que se demuestre lo contrario, las citas bíblicas usadas en este artículo son tomadas de la Versión Reina-Valera 1960TM © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Derechos renovados, Sociedades Bíblicas Unidas, 1988.

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