Cuatro Preguntas A Juan 3:16


Para la mayoría de las personas en el hemisferio occidental resulta bastante conocido un trozo de las Sagradas Escrituras en el evangelio según San Juan. En aquel evangelio, escrito por el discípulo amado, el apóstol Juan, también autor de tres cartas universales y del Apocalipsis, se encuentra al verso más popular de todo el Nuevo Testamento, probablemente. Este versículo, como suele decirse, podría resumir todos los evangelios, si fuere necesario. Sintetiza con certeza todo el mensaje de las buenas nuevas de salvación.

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” Juan 3:16 (RVR1960)

Si bien es cierto que el texto citado es de dominio público y que muchas personas lo recitan de memoria, no menos cierto es que su esencia no ha perdido su valor. Sigue vigente en espacio y tiempo. Por consiguiente, nuestra intención es explicar de forma clara y breve algunas inquietudes usando cuatro preguntas fundamentales.

Primero, ¿cómo amó? La forma o manera en la que Dios amó a los habitantes de la tierra no tiene antecedentes. “En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él” (1 Juan 4:9). Nadie ha amado así jamás. Su amor es inmenso, inagotable; su grandeza, inescrutable. El mismo apóstol llama nuestra atención, diciendo: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre”… Dios no solo amó a la humanidad, Él es amor; forma parte de su esencia. “El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor”. (1 Juan 4:8)

 

Segundo, ¿a quién dio? Regaló a su único Hijo. El evangelio según San Mateo, pone de manifiesto una verdad extraordinaria. Describe la cualidad y relevancia del Hijo de Dios. Nos revela que es un hijo amado. “…Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17). Probablemente, usted y yo en algún momento hayamos regalado las cosas que no queremos ni amamos. Obviamente, casi nadie da lo mejor y lo único que posee. Dios, sí.

 

Tercero, ¿para qué lo dio? En la vida en sociedad, las personas aman con interés marcado. Aman a su familia y a sus amigos, aman el trabajo y a sus parejas, incluso, hasta sus mascotas. La gente anhela llenar su vacuidad esperando reciprocidad de los demás, aparentemente. Sin embargo, el amor salvífico de Dios no espera recompensa. Nuestro amor no puede salvar a Dios, el amor de Dios, sí. He ahí la diferencia y el propósito: “…para que todo aquel que en él cree, no se pierda”…

Cuarto, ¿qué obtendremos con ese regalo? La vida eterna mediante la sangre de nuestro Señor Jesucristo, quien nos amó primero y lavó nuestros pecados.

Estimados lectores, mi anhelo es que estas breves respuestas hayan sido de bendición a sus vidas. Disfruten a toda plenitud de este amor. Están a tiempo.

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